orvilleRESTAUREMOS  EL  CULTO  A  DIOS

Exposición del Pastor Orville Swindoll en Buenos Aires, Argentina en el año 1969

Estuve recordando a David, antes de que fuera rey. A pesar de haber sido ungido, no pudo subir al trono, porque otro lo ocupaba. Dios lo llamó y lo ungió como rey sobre Israel; porque tenía un corazón como el corazón de Dios y quería que el pueblo conociera cómo era Dios. Siendo un hombre que vivía muy cerca del Señor, un solo deseo tenía: que el pueblo amara a Dios como él lo amaba. De modo que, Dios lo ungió, y antes de que subiera al trono, ya ministraba al Señor, y deseaba que la gente que lo rodeaba conociera la gloria de Dios.

 

LA CUEVA DE ADULAM
En un relato bíblico muy interesante, se nos informa que David vivió cierto tiempo en una cueva (1S 22:1–2). El pueblo, viendo en él un hombre que amaba al Señor y que expresaba su amor —no lo guardaba adentro— quiso estar con él. Siempre se quiere estar al lado del que sabe amar. Nadie desea estar cerca de un amargado, uno que emane odio o rencor. David era uno que sabía amar. De modo que atraía a otros; aun estando en la cueva, cautivaba a la gente. El amor atrae al que no sabe amar. El que sabe ya se encuentra rodeado por otros, y cuando uno no sabe amar, quiere estar al lado de aquél que sí sabe amar. Así que, los que se acercaban a David eran personas con amarguras y deudas, con rencor y odio en el corazón. Gente aplastada, gente arruinada: piltrafa humana. Sin embargo, como David tenía un corazón grande, podía recibir a cuanto afligido venía. Y ¿sabe usted lo que ocurría? Él los amaba … y cuánto más los amaba, tanto más iban liberándose de sus tribulaciones y desalientos. David tenía una regla: que todo aquel que respire, tiene que alabar al Señor. Pues cuando uno comienza a alabar al Señor, sale todo lo que está adentro. Al principio, una persona amargada dirá:
—¿Qué voy a alabar yo?— Y sugerirá David:
—Mira: si no alabas, no puedes quedarte aquí.
Nada había atractivo en la cueva. La atracción estaba en David: un corazón de amor.
¡Aleluya!
—No —decía— aunque tenga que vivir en una cueva, me voy a quedar aquí a tu lado. —Entonces, ¡tendrás que alabar! —respondía David. ¡Armaban un coro de alabanzas, glorias a Dios y aleluyas! Y allí, seguramente, David habría comenzado la composición de salmos, para que cantaran y alabaran al Señor. ¡Qué grande! ¿Sabe usted, que de esa gente, que no servía para nada, escoria de la sociedad, hizo David un ejército? ¿Qué le parece? ¡Amén!
¡Ah! Dios ha ordenado que su ejército se haga con gente que sepa alabar … y que sepa amar.

 

JUDÁ AL FRENTE
Cuando el Señor envió los ejércitos de Israel adelante, lo hizo con una orden: Judá al frente.
Y la tribu de Judá no iba armada con espadas, ni con arcos u otras armas para herir. Judá iba adelante armada con cantos de alabanza. Imagínense … allí el enemigo, que ve venir el otro ejército. ¡Todos, cantando y alabando! ¡Si algo espanta al enemigo, es la alabanza! Y cuando esa alabanza es seguida y fundada en amor, ¡cuán grande es! Me parece que el Señor está enseñándonos algo de eso, para así hacernos un pueblo que sabe amar y alabar. Porque la alabanza engrandece al Señor. La alabanza exalta al Señor. La alabanza permite que Dios ocupe el lugar soberano.
Estoy hablando de alabanzas, no sólo de labios, sino de corazón, labios que fluyen por amor. Cuando uno está enamorado no sabe otra cosa que alabar las virtudes del objeto de su amor. Claro, que cuando primero se enamoran, los novios no ven nada de malo entre sí; todo es lindo. Y pasan día y noche, refiriéndolo a los amigos:
—Sabe, ¡qué novia tengo!
Todo es lindo. (Cuando dejan de amarse, ¡las cosas que cuentan!) Pero, cuando uno está enamorado no hace otra cosa que alabar. ¿Será que estamos aprendiendo a alabar, porque recién hemos aprendido a enamorarnos? ¡Aleluya!

 

LA GRANDEZA DEL SENOR
¿Han observado ustedes, la nota que predomina en estos tiempos? Dios se mueve como quiere en todas las reuniones, en las congregaciones que lo permiten. Esa nota dominante es la grandeza del Señor. Todos están diciendo:
—¡Cuán grande es Dios! ¡Qué poderoso! ¡Qué lleno de amor! ¡Cuán tremendo lo que está haciendo! Todo el mundo está alabando las virtudes del Señor. Y cada día, cuando se encuentran dos amigos, dicen: —Pero tú sabes, ahora veo cosas que antes jamás vi. ¡Qué tremendo!
Quiero que mediten conmigo en estos primeros instantes, como esa nota predominante es la característica de las experiencias que estamos teniendo en estos tiempos.
Me acuerdo, que hace unos años, cuando se comenzaron a celebrar retiros, por allá, en Córdoba, en Matheu, en Chapadmalal, auspiciados por S.E.P.AL., allí estaba el hermano Keith Bentson dando énfasis sobre la alabanza … la alabanza … la alabanza … Y algunos nunca habían oído cosas semejantes.
—Pero, ¿de donde sacó eso?— decían.
Claro, siempre había estado en la Biblia. Sin embargo nuestros ojos estaban velados y no veíamos. Pues, el énfasis en la alabanza tenía el efecto de hacer que la gente enfocara a Dios: grande, maravilloso, poderoso. Cuando uno comienza a contemplarlo desde el fondo de su ser, no puede menos que alabarle por sus maravillas.

 

EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO
Después, muchos de ustedes comenzaron a oír algo acerca de un bautismo en el Espíritu RESTAUREMOS EL CULTO A DIOS página 3 O.E. Swindoll Santo, de la plenitud del Espíritu, del mover de Dios. Y algunos comenzaron a experimentarlo.
De esto, ya hace tres o cuatro años. Y cuando comenzaron a contemplar la realidad del bautismo en el Espíritu Santo como está presentado en la Biblia, comenzaron a entender esto que es fundamental: Dios es grande y poderoso. Luego, al pensar en el bautismo del Espíritu Santo, muchos veían su necesidad; era porque con sus propias fuerzas no iban a ningún lado.
Entonces surgió un clamor en el corazón: «Yo necesito el poder de Dios. Yo necesito que Dios reine en mi vida.» Vale decir, que el bautismo del Espíritu Santo destacaba la misma nota dominante: la grandeza del Señor.
Hace un año y medio o dos, comenzamos a ver otra faceta de la misma verdad, especialmente con el ministerio de los hermanos Himitián y Ortiz. Me refiero a un claro enfoque sobre el reino de Dios y el señorío de Cristo Jesús. Comenzamos a dar lugar en nuestro vocabulario a una buena palabra, que habíamos usado antes, pero sin saber lo que significaba: era la palabra Señor. Ahora cuando se dice: «Jesús es Señor», tiene otro sentido, que el que hace dos años. Porque decir ahora: «Jesús es Señor» implica total sujeción de la vida a él. ¡Aleluya!
LA REALIDAD DEL DISCIPULADO
Después del retiro que tuvimos en Matheu hace unos meses, empezamos a ver lo que significa ser un discípulo. Algunos todavía tenemos que despertar a la realidad de eso. Sin embargo, lo que prevalece en todo es esto: ¡Es grande el Señor! Y como Soberano, tiene derecho sobre mi vida. No puedo decidir más lo que voy o no voy a hacer. De modo que vemos, a través de todas estas cosas, cómo se engrandece el Señor a nuestros ojos. Estamos viendo que todo esto nos está llevando cada vez más atrás hacia el principio. Antes, cuando apenas entendíamos estas cosas, pensábamos: «¡Pero, qué profundo es esto! ¡Es
tremendo! Únicamente para algunos creyentes avanzados.» Y resulta que ahora nos estamos dando cuenta de lo atrasados que en realidad habíamos estado; necesitamos ponernos al día. Ahora, con los nuevos que van entrando, ¡metemos todo de golpe! ¡De entrada no más! Porque al leer la Biblia, nos damos cuenta que así hacía Pablo. ¡Así hacía Jesús! ¡Así hacía Pedro! Por eso, tenían congregaciones fuertes, robustas y vigorosas, que sabían adelantarse en los caminos del Señor. Por eso, Pablo pudo estar seis meses o un año y hasta dos, en un mismo lugar; y cuando salía, la iglesia seguía creciendo en todo sentido. Porque no dependían de un hombre, sino que habían aprendido a engrandecer al Señor como soberano, como rey de sus vidas. Lo que hemos dicho hasta ahora es que esa nota predominante de la grandeza de Dios, sigue llenando esta estructura, todo este odre. Es la base, el fundamento para todo lo que Dios quiere hacer.
JESÚS Y LA ADORACIÓN
Encontramos una nota muy interesante sobre la adoración, cuando Jesús fue tentado por el diablo, estando él bajo el poder del Espíritu. El relato en Mateo 4:8–10 nos dice: Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.
La palabra adorar, aparece en la Biblia muy ligada a la palabra servir; porque a los ojos de Dios significan la misma cosa. No podemos adorar a Dios si no le servimos. Todo servicio debe fluir de la adoración. De ahí la pregunta crítica que hizo Jesús a Pedro, después de la terrible caída, para ver si servía para la obra de Dios: ¿Me amas? Podría haberle preguntado otras cosas, pero fue ésa la única que le hizo: ¿Me amas? ¡Por que el que ama, está en condiciones de servir! Juntos van: la adoración y el servicio.
La misma observación encontramos en la enseñanza de Jesús sobre la adoración (en Marcos 12:30):
Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.
Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana, le dijo: Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren (Juan 4:24). El Padre busca —dice el versículo anterior— tales adoradores.
En breve veremos por qué Dios los busca. Los adoradores para Dios tienen un gran valor.
Porque algo ofrecen a Dios que ningún otro es capaz de brindarle; por eso Dios los busca.
Callan las Escrituras muchas cosas que Dios busca, pero ésta no: Dios busca adoradores.
En las palabras del apóstol Pablo a los corintios encontramos una referencia respecto del fin de las cosas; cuando Dios consuma su propósito:
Luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas …
Y aquí vemos el por qué de las obras de Dios, el propósito de nuestra vida, el propósito de la adoración, el propósito del todo: … para que Dios sea todo en todos (1 Co 15:28).

 

LA ADORACIÓN ETERNA
Un pasaje más, al fin de la Biblia: allí encontramos una referencia a la ciudad celestial.
¡Qué hermosa ciudad! El apóstol Juan describe su visión: Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día ni de noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.
No entrará en ella cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscriptos en el libro de la vida del Cordero.
Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán; y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de las del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.Apoc. 21:22 — 22:5
Siempre la misma nota predominante: la gloria tributada a él. La adoración es algo eterno.
En cambio la predicación es sólo para nuestros tiempos. Lo que mayormente llamamos servicio se hace únicamente aquí y ahora, en la tierra. Pero allí en el Cielo, todo servicio será de adoración. Ahora bien, si así es nuestra principal vocación en la eternidad, ¿no les parece  que ya debiéramos estar ensayando y aprendiendo lo que es adorar? Eso debe ser la nota principal y predominante entre nosotros: la adoración.
Tristemente, a lo largo de los años, en nuestras iglesias hemos puesto de lado la adoración.
Seguimos llamando a la reunión: «el culto», pero ¡cuántas veces es cualquier cosa menos culto! Puede haber predicación sin culto y aun oración sin culto. Si nuestra única oración es para requerir al Señor paz, perdón, trabajo, sanidad, esto o aquello, eso pues no es culto. Eso es petición. Y si la predicación es sólo cuestión de apelar para que la gente haga una decisión, o responda de alguna manera, eso tampoco es culto. No digo que carezca de valor; pero con todo, no es culto. Y lo lamentable es que con el correr del tiempo, lo hemos ido abandonando —si acaso alguna vez le dimos lugar— al culto a Dios.
Es decir que, cuando dejamos la alabanza, cuando ya no nos ocupamos de engrandecer al
Señor, de exaltar sus virtudes, nos volvemos cada vez más importantes y más grandes nosotros, y él más pequeño; así tenemos nosotros que hacer más y más … y él cada vez menos.
Campañas y esfuerzos, arreglos y comités. !Todo eso, porque Dios no se mueve!
¿Cuándo se mueve Dios? ¡Cuando están en juego sus intereses! Dios se mueve cuando está por lograr o ganar algo para sí. Me temo que muchas veces tal no sucede en nuestras congregaciones porque Dios no tiene allí ningún interés en juego.
Pero Dios quiere recuperar sus derechos, quiere recuperar su gloria en la tierra. Tiempo hubo cuando toda voz angelical alababa al Señor, y todo el universo entonaba un solo canto: alabanzas al Señor. Pero después, entró una voz extraña: «Yo no … yo no pienso así, y así no haré». Cuando entró ese «yo», ya hubo algo disonante; ya el universo no armonizaba al unísono, alabando al Señor.

 

DIOS QUIERE RECUPERAR ESA GLORIA
El Señor está restaurando su gloria, y no solamente en nuestro día. La historia de la redención es la historia de la recuperación de la gloria de Dios. Erramos si pensamos que recién ahora, en la actualidad, Dios ha comenzado a restaurar. El problema de nosotros es pensar en una redención en términos egoístas, de nuestro propio bien, lo que iríamos a ganar; como si la redención fuera algo que nos proporcionara la salvación, la paz, el gozo, la alegría … ¡la redención para nosotros! Pero no, hermanos, ¡la redención es para Dios! ¡Porque Dios está reivindicándose en todo este vasto universo! Desde la caída, inició su programa de redención con un solo fin: que él vuelva otra vez a ser el todo en todos. ¡Aleluya! … ¡y eso,
aunque usted no reciba nada!
Queridos hermanos, es evidente que no entendemos mucho de lo que Dios está haciendo.
Porque cuando Dios recupera para sí sus derechos, nosotros también entramos en todo lo que él quiere; y eso es felicidad. Entonces podemos decir: «!Que yo nada reciba, y él todo!»
La historia bíblica es la historia de la redención. Es la historia de Dios que se reivindica, logrando de nuevo sus derechos en la raza humana y en el universo. Con Abel, por ejemplo, lo vemos: cuando este y su hermano Caín traían ofrendas al Señor. No es quizá, notable, la diferencia entre sus ofrendas, que Abel trajera un animal y Caín el fruto de la tierra. Me parece que la mayor diferencia está en que Abel traía lo más gordo que tenía, y Caín quería arreglarse con lo que le venía más a la mano. Pues, ¡allí estamos nosotros! Dios, si es el dueño y Señor de nuestras vidas y corazones, será a nuestros ojos como aquel que merece lo mejor. Que no se me ocurra nunca simplemente «arreglarme» con Dios. Antes pensaré: «¿Qué más le puedo dar?
¿No podría pasar una hora más? ¿No podría dar algo más? ¿No podría servir algo más?»
Esa fue la preocupación, que le llevaba a Abel a pensar: «A ver? … Qué cordero ofrezco hoy al Señor?» Y buscaba … «?Este? ¡No! … ¡es flaco! … ¡Este otro tiene manchas! … ¡Ah, éste, éste! ¡Este cordero … es el más gordo, el más lindo! Porque mi Señor merece lo mejor.»
¡Para eso tenía corderos! ¡Para el Señor! Fíjense. Desechaba que ese cordero podría servir para festejar sus amigos. No, no, no. ¿Qué hacía con ese cordero? ¡Lo mataba, lo degollaba, y le prendía fuego!
Me imagino que Caín diría: «¡Ese Abel! Pero ¡todo al fuego siempre! ¿No sabe el valor?
Total, si lo va a quemar, es igual cualquier cordero.» Y ese es nuestro problema: somos «especuladores evangélicos». Como alguien dijo el otro día: «¡Ya nos hemos hecho cancheros!»; cuando precisamos ver la necesidad de dar a él siempre lo mejor, y de corazón.
EL DESTINO DE NUESTRAS OFRENDAS
De paso, respecto de lo que damos al Señor, concierne por completo a Dios, y no es cosa nuestra. En la antigüedad, la gente que traía ofrendas al Señor, ¡las quemaba! Y ninguna lástima sentía que todo se hiciera humo. Pero nosotros queremos muchas veces controlar el destino de nuestras dádivas, de manera que, en efecto, no damos nada. Solamente controlamos. Cuando doy algún regalo a un amigo, a quien quiero, ni siquiera se me ocurre preguntarle: «¿Y, qué vas a hacer con ese regalo?» ?Qué me importa lo que hará —si lo quiere meter debajo de la cama, o tirar a la basura— ¡si es de él! Luego, nosotros, cuando pretendemos controlar lo que damos al Señor —sea dinero, sean hijos, sean horas de trabajo— eso no es ofrenda. Es por ello, justamente, un buen principio que cuando ponga algo en la colecta, que no se me ocurra pensar dónde vaya. Su destino es algo serio, pero esa responsabilidad no me incumbe. ¡No es cosa mía! Cuando se trata de los diezmos, por ejemplo, ¡es cosa de Dios! Jamás debiera pensar: «Bueno, doy un poco acá, y otro poco allá» ¡Para eso, no doy nada! Pues, cuánto más pronto pueda liberarme de lo que no es mío, tanto mejor. ¡Abel no sintió pesar en su corazón. De hecho, prendía fuego al mejor cordero que tenía! Y Dios el Padre, ¿no  hizo lo mismo con su Hijo amado? Quizá, en el cielo algunos ángeles estarían diciendo: «Pero, diste a tu Hijo … ¡para esa gente!» Hermanos míos, nada comprenderemos de la adoración, si antes no nos desprendemos de todos nuestros derechos, y de nuestras cosas para Dios. ¡Aleluya!

 

LOS PRIMOGÉNITOS PARA DIOS
De la misma manera, reclamaba Dios el primogénito: todo lo nacido primero era para Dios.
Cuando en la familia nacía el primer varón, los padres no debían pensar: «A ver, ¿qué destino vamos a darle?» Todo padre suele estar orgulloso del primer hijo, aun más entre los hebreos, porque el primogénito heredaba el mayor patrimonio. Sin embargo, Dios reclamaba el primero para sí. El primogénito de los varones, así como el de los animales. ¿Por qué? Pues, para establecer el derecho de Dios.
Lo mismo se daba en todo orden de cosas. Las primeras horas, el primer esfuerzo, los mejores años de la vida. Todo para el Señor, porque él lo había establecido por derecho. Observamos también cómo Dios reclamó sus derechos cuando llamó a Abraham. Pudo haber encontrado a muchos otros mejores que él. ¡Era un idólatra cuando oyó a Dios! ¡Para nada servía! Sin embargo, Dios estableció su dominio sobre esa vida. Siendo inútil Abraham, Dios lo saca de entre los idólatras para decirle:
—Contigo voy a hacer algo muy especial.
—¿Conmigo?
—¡Sí, contigo!
Lo llevó lejos de su casa, y vivió el resto de su vida sin ver lo que se le había prometido.
Así es que la vida de Abraham sirvió para una sola cosa: establecer el derecho de Dios. ¡Amén!
Cualquiera podría decir: si al cabo de diez anos, hubiere por fin entrado en posesión de la tierra que Dios le había prometido: bueno, ¡habría valido la pena! Pero llegó a la vejéz, ¡y aún estaba por heredarla! En verdad, no estaba en juego la tierra, sino el derecho de Dios.
Algunos hemos especulado con Dios. Le hemos dicho: «Si me haces esto, te voy a servir»
(como Jacob) : «Si tú me das …». Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios … y de todo lo que me dieres el diezmo apartaré para ti (Génesis 28:20– 22). ¡Trueques evangélicos! ¡No sirven! Abraham no vio lo que Dios le había prometido! … pero estableció un principio: Dios es el dueño y Señor de mi vida.

 

DIOS ESCOGE A LOS LEVITAS
Israel estaba constituida por doce tribus. El derecho de Dios estaba establecido sobre una de ellas: la de Leví. Los levitas ocupaban el lugar de los primogénitos; es decir, que para Dios representaban los primogénitos. Significa que está en juego el mismo principio, la misma cosa. El derecho de Dios no les dio ninguna herencia, porque dijo: «YO soy su herencia». En otras palabras: «Para ellos, YO seré su posesión. No van a precisar de nada, porque YO soy para ellos.» Así establecía Dios su derecho. Y los levitas que supieron poseer semejante herencia, encontraron que era la más rica de todas. ¡Aleluya!
Tanto el tabernáculo como el templo servían para ilustrar el derecho de Dios sobre la tierra.
Noten esto: Dios no reclamó toda la tierra, sino tan sólo una franja al oriente del Mediterráneo, llamada Palestina. En medio de esa tierra, establecía el tabernáculo y decía: «Allí voy a morar». Así fue que ordenó las fiestas anuales, a las que debía concurrir todo varón israelita, del lugar que fuese. Tres veces al año: todos al santuario en Jerusalén, para que el derecho de Dios se estableciera. Llegando al Nuevo Testamento encontramos a Juan el Bautista, otro cuya vida dominaba Dios. Si ordenaba que viviera en el desierto, !pues al desierto! Porque Dios era rey, Señor y dueño de su vida. Es interesante ver que la característica predominante del sermón de Pentecostés fue: A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36).
Ahora bien, la iglesia tiene que revelar lo mismo: el derecho de Dios. De ahí, su sujeción a él. Cuando la iglesia hace lo que se le ocurre, no sirve para nada. Hermanos, si lo que está pasando en estos días entre nosotros no sirve más que para llenarnos de alegría, y también disfrutar de algunos dones, créanme: estamos frustrando el propósito de Dios. El propósito de Dios, siempre, desde la creación hasta la consumación de la totalidad de las cosas, es que él sea todo en todos. Así que, dé por sentado que tendrá cada vez menos derechos; tendrá menos tiempo para sí, menos dinero y menos libertad para obrar como le parezca. Pero, si Dios logra su propósito en nosotros, él será enriquecido, merced a un pueblo que sabe alabarlo y glorificarlo. El evangelio debe ser presentado centrado en Dios y no en el hombre. El hombre ganará sólo cuando dé lugar al Señor.
El evangelio bíblico, el evangelio del reino de Dios, es la proclamación de la autoridad del Señor; y uno entra sujetándose. Cristo dejó muy claro que había que perderlo todo para ganar la vida. No hay otro camino, no hay otro evangelio. El otro que hemos predicado ha sido un mensaje de nuestra confección, pero no el evangelio de Dios. Él tiene que ser rey y Señor en la vida de cada uno, y rey y Señor en el hogar.

 

EN EL HOGAR
Si Dios es Rey en mi vida, tiene que ser también Rey en mis relaciones. En las relaciones con mi señora y con mis hijos, con mis vecinos y con mis amigos. Él tiene que ganar siempre, no yo. ¡Descuente usted lo que pensaba ganar! ¡Pues no va a ganar más nada! ¡Él va a ganar todo! ¡Aleluya! Y como usted deja de tener derechos, deja de tener problemas. Problemas hay, cuando hay derechos que perder … Por eso, cuando nos entregamos al Señor, ¡tenemos que morir! Ese es el significado del bautismo. Allí perdemos todos nuestros derechos. ¡El que muere no tiene más derecho alguno!
Cuando una persona entra al reino de Dios, él es el Rey de ese día en adelante. Después no puede hacer más cuestiones. Es absurdo que un creyente siga haciendo cuestiones sobre si quiere o no servir al Señor, si quiere o no dar su dinero, si quiere o no que en su casa revele Dios su gloria. ¿Qué tiene que ver el reino de Dios con sus pretensiones? ¡Usted no tiene más derechos!
En el hogar reina Cristo. Y los hijos verán a Cristo en sus padres. El esposo verá a Cristo en su esposa y la amará. Ella verá un rostro cambiado en su esposo, brillante, lleno de amor. ¡Aleluya! Los padres verán a los hijos como una bendición de Dios, ¡no como una pesada carga que habrá que llevar hasta que crezcan! Porque allí urge una sola cosa: el reino de Dios. ¡Cuán grande es esto! ¡Amén! Y es así porque la Biblia dice de los hijos: como plantas de olivo alrededor de tu mesa (Salmo 128:3). Los hijos se levantaban y llamaban a su madre bienaventurada (Proverbios 31:28). ¡Qué hermoso que es eso! ¡Hoy, crecen llamándole «la vieja»! ¿Por qué? Porque el reino de Dios no urge. Muchas veces he dicho a los creyentes, cuando ha sido oportuno, que debe desaparecer esa palabra de su vocabulario. —¡Qué viejo, ni qué vieja!— ¡Eso es de la vieja creación, y no estamos en ella! ¡Aleluya! Digamos más bien: «Querido, o querida». Porque Cristo es Rey, y cuando es tal, ¡todos son queridos! ¡Gloria a Dios!

 

EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Y también él es rey en la comunión de los santos. Antes, cuando estábamos por saludar a alguien, solíamos preguntar: «¿Tú eres bautista, pentecostal o hermano libre?» ¿Qué importa? Si tiene sus brazos abiertos, ¡pues es del reino de Dios! ¡Abrácelo! (Y si no los tiene así, pues abrácelo igual, porque será del reino de Dios.) Cuando él es rey, la comunión de los santos se hace saludable, refrescante, que eleva, que beneficia. Como dije hace un tiempo, no nos va a pesar más, una vez que comencemos a gozar de la comunión, el hecho de que la Biblia nos insta a estar juntos. ¡Nosotros vamos a requerir que estemos juntos todos! ¡Cuando me enamoré, no quise más estar solo! Y desde que lo hice con el Señor, quiero estar siempre con él. Así como con ustedes. ¡Aleluya! ¡Me da lástima que esta reunión haya de terminar antes de la medianoche. Pero, lo que me llena de alegría es que mañana voy a estar otra vez con unos cuántos … ¡Cómo será el cielo cuando estemos todos juntos!
Antes anhelábamos el cielo, porque ahí se nos iban a secar las lágrimas; nos iba Dios a librar de estos vicios, penurias y dolores. Ahora anhelamos el cielo, porque no tendremos que decir más «Adiós». ¡Aleluya! ¡Todos juntos, para siempre! ¡Pues esa es la iglesia, queridos!: la comunión de los santos; allí reina el Señor. Allí envía Jehová bendición, y vida eterna (Salmo 133).
Para que esto sea una realidad y no una doctrina solamente, tenemos que restaurar en todas nuestras reuniones el culto a Dios. ¿Qué significa dar culto a Dios? Significa darle lugar.
Acostumbrábamos reservarle después de un testimonio, tres, cuatro o cinco minutos, cuando todos estaban entusiasmados. ¡Entonces sí! ¡Entonces alabábamos! Así me enseñaron a mí.
¡Ahora no! Ahora no sigue a nada. Ahora tiene que preceder a todo: ¡antes de todo, después de todo, y entre todo! … para que Dios sea «todo en todos» ¡Aleluya!

NO PIDA NADA
Quiero sugerirles algunas ideas prácticas en cuanto a esto de dar culto a Dios. En primer lugar, ¡hay que olvidarse de una vez de recibir algo! Si preguntara: ¿cuántos de ustedes hoy vinieron a recibir algo?, con seguridad más de la mitad levantaría la mano. Sin embargo, no es esa la razón por qué estamos aquí. La verdad es que, aparte de la enseñanza, no creo que vayan a recibir algo más. Y no porque carezcan de la capacidad los ministros y siervos aquí presentes de darles algo. Es que estamos aquí, no para recibir, sino para dar a Dios. Aprender a dar es el único propósito de nuestra exhortación. Porque si no, apenas comencemos a alabar, alguno irrumpirá: —«Señor, perdóname …», «ayúdame, Señor …», «sáname, Señor …», «me duele acá y allá …», «y el trabajo, el hijo, la casa …»
¡Hay que olvidarse de una vez de recibir algo! Revelaría nobleza, si durante un mes —o, quizás seis— como disciplina para entrar en este plano en nuestras congregaciones, no diéramos lugar a petición alguna. No porque esté mal, sino con el fin de poner lo que corresponde en primer lugar; estamos aquí para dar algo a Dios. Fije ya en su mente, que su salida de aquí va a ser sin haber recibido nada: saldrá sí, con menos horas, con menos dinero, con menos fuerzas. Sin embargo, Dios va a ganar algo hoy. ¡Aleluya! ¡Si Dios no fuera
inmensamente rico, hace rato que le habríamos empobrecido! Por causa de nuestro: «Dame, dame … ¡y ahora, no mañana!» o, «Por favor, Señor … ¡De aquí a tres días tengo que tener trabajo; si no, no te sigo más». Pedir y pedir han sido nuestras metas.
En serio, ¿no le parece que haríamos bien, sin ser regla de púlpito, que cada uno se impusiera la disciplina de no pedirle más a Dios de aquí a treinta días? … ¡Vamos a sufrir! …
Porque al ponerse a orar, va a comenzar con una petición de siempre … y luego: ¿Cómo voy a orar? El primer día va a pasarlo sin orar, pues si no puede pedir, tampoco podrá orar. El segundo cantará un coro, para poder, al menos, apaciguar la conciencia. Y el tercero va a sentirse tan mal, que tendrá que alabar al Señor, o dejar de servirle. ¡Santo remedio! Porque, si no encontramos en esto de dar culto a Dios, tampoco podremos servirle.
Establezcamos, desde ya, una norma de vida: no pida más, por lo menos de aquí a un mes. Que se amontonen los problemas: no pida más, ¡alabe al Señor en cada problema! Si con un martillo me golpeo el dedo: «!¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!» Algunos de ustedes, jóvenes, van a regresar de las vacaciones, y van a encontrar el boletín: «Ay, los cuatrimestrales. Ufa …» ¡No pongan esa cara! ¡Alabe y glorifique a su Padre Celestial! ¡No pida nada más! Porque si no aplicamos disciplina, nunca aprenderemos lo que es dar culto a Dios.
Ahora bien, hay que dar a Dios. Hay que dar alabanza, hay que dar gozo, hay que dar alegría; además, lo que tengo, todo mi amor, es para él. En la iglesia la gloria es para él. Antes, pensábamos que en la iglesia, la gloria era para nosotros. «Uh, ¡gozamos de una gloria!» ¡No!
Que salga Dios glorificado aunque usted lo haga cansado. ¡Tómelo muy en serio! No se preocupe más, si se va cansado, pobre o rendido. ¡Dé todo al Señor! ¡Que sea él, el que salga lleno!

 

INTEGRANDO TODO EL SER A LA ADORACIÓN
Debemos integrar todo nuestro ser a la adoración. Al Señor debemos amarle con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, con toda el alma … ¡con todo! Con el corazón, con el espíritu, con la cabeza, con la boca, con las manos, con los pies. ¡Así tengo que amarle! Yo no puedo decir a mi esposa: «Bueno, querida, te quiero de corazón.» Tengo además que amarla con mis brazos, con mis labios, con mis palabras, con mis hechos. ¿No es cierto?
¡Pues así tengo que amar al Señor! … ¡y mucho más!
Algunos han debido pasar largo rato rompiendo costumbres y modales para poder alabar al Señor. Pensaban que había que alabar a Dios de una manera muy quieta, que era un sacrílego batir palmas, levantar la voz, alzar las manos, etc. Pero ahora, en unas congregaciones, ¡hasta saltan de puro gozo! Alabando al Señor.
La adoración reclama la integridad del ser. La alabanza, cuando surge de adentro, sale por la boca y se expresa a través de los labios. La música y el canto permiten, de manera especial, la expresión integral del ser en culto a Dios. Quisiera mencionar ciertos elementos que facilitan esto en el canto. Primero, las variaciones de tonos y volumen que dan color y valor a la música que no se dan en el lenguaje hablado. Esta vasta gama de posibilidades, debemos usarla para dar gloria a Dios, combinando por medio de la expresión musical, el espíritu, el intelecto, las emociones y la voluntad.
El segundo elemento de la música útil en la adoración es el ritmo. Dios ha establecido un ritmo en el universo, y también en el ser humano. Podríamos decir que la adoración es la única expresión posible al hombre que integra todo el ser en ese ritmo divino. ¡No nos asustemos del ritmo, hermanos! Qué hermoso cuando la congregación guarda el compás de un canto: ya con la voz, ya con los instrumentos de música, ya con las manos, y aún con los pies, para tributar gloria y loor al rey de reyes. ¡Comencemos a obedecer el Salmo 150!
El tercer elemento que deseo mencionar es la armonía. ¿Han escuchado a una orquesta sinfónica afinando sus instrumentos? ¿No es acaso disonante? Recuerdo la primera vez que fui a escuchar una orquesta sinfónica. Todavía joven, me preguntaba: «Pero ¿es ésta la orquesta?
¡Que disonancia!» Empero, cuando el director levantó la batuta, el silencio fue sepulcral, y hasta que la bajó. Entonces, ¡qué sinfonía! ¡Cuánta armonía! Cada instrumento tocaba una nota distinta, pero todo en armonía.
Hermanos queridos: no habremos aprendido a dar culto a Dios hasta no haber alcanzado tal armonía, como una sinfonía. Por eso está mal que cuando se adora en armonía, salga por allí alguien fuera de la corriente. Como cuando todos están quietos, que uno salga hablando en lenguas, gritando y saltando. ¡Está fuera de lugar! Cuando todos alaban con clamor, pues, ¡alabe usted de la misma manera! Y cuando están quietos, ¡usted también esté quieto!
Es muy poco lo que sabemos de la sinfonía de la adoración. Algunos hay que se ponen nerviosos ante el silencio. Necesitan decir algo o moverse. Otros a la inversa, sufren cuando los otros expresan en alta voz. Qué lindo cuando se está en la corriente. Hay quienes están siempre desubicados, quietos cuando se hace ruido, y gritones cuando los demás están mudos. ¡Es necesario que haya sinfonía, que toda la congregación entre en esto!

 

UN PROGRAMA PRÁCTICO
Quiero sugerir un programa práctico. Primero, por lo menos por un buen tiempo, unos meses, como cosa principal tenemos que comenzar a enfocar el culto a Dios en nuestras reuniones, si no lo hemos hecho ya. Una vez que se establece como lo principal, no habrá mucho peligro de volver atrás. Si comienza a gustar la sinfonía de la adoración, de otra cosa no se agradará. Recuerde que la sinfonía presentará notas muy distintas. Habrá momentos cuando no podrá callar un solo ser, y otros cuando nadie osará abrir la boca. Como cuando una sola cantará, y las demás dirán: «Ese es el canto del Espíritu».
Aunque a eso, hermanos, no vamos a llegar fácilmente. Pero, si nos congregamos a menudo, y si damos a esto el énfasis que permita la entrada a todos, les aseguro que no les interesarán volver atrás. Al culto a Dios hay que enfocarlo como primordial.
Segundo, como dije antes: Olvídese de recibir. Estamos aquí para ofrecer algo al Señor.
Ignore incluso los dones. No voy a decir que esté mal, pero me parece que por un buen rato sería bueno que nos olvidáramos de las demás cosas ajenas al culto a Dios. Recuerdo que siendo joven, comencé a entrar en esto de la profecía, las lenguas y la interpretación, y creía que el propósito de la alabanza era liberar los dones. Que alabábamos al Señor para que fluyera la profecía. Ahora entiendo que no es ese el propósito.
Un joven testificó una vez: «Cuanto más alabamos, tanto más Dios nos habla en profecía».
Y pensé: «Pobre, está desenfocado». Las profecías tienen lugar, las sanidades, los milagros y los demás dones; pero sobre todo, Dios tiene que tener su lugar. Bueno sería si por algún tiempo, al entrar a dar culto a Dios, ni se nos ocurriera profetizar sin tener previamente un rato de silencio. Y que si hay profecía, sea de aquellos que están dirigiendo la reunión, con el fin de dar una orientación sana.
Es conveniente esta sugerencia, aunque no agrade a algunos porque si no damos énfasis a esto, perderemos de vista lo que Dios quiere hacer. Dejemos de lado los dones, por un tiempo —unos meses—, y permitamos la restauración del culto a Dios. Después, cuando se manifiesten, les aseguro que entrarán a formar parte de la sinfonía, del culto verdadero ¡Aleluya!
Del canto, ¡cuánto podríamos decir! Hoy en día se nota un canto muy distinto del que se oía uno o dos años atrás en las congregaciones, ¿no es cierto? ¡Un cambio radical! Ya, por ejemplo, no nos molesta cantar siete o diez veces un mismo coro. Aunque hay algunos todavía que si lo hacen más de dos veces, se ponen nerviosos. «¿Para qué cantarlo tantas veces?» ¡Para permitir que se rompan los moldes, y así entrar y expresar nuestra alabanza al Señor! No es una regla, ni una obligación cantarlo diez o más veces. Pero si hay algún coro o himno que encuentra eco profundo en los corazones, como el himno: «A ti la gloria» —que hoy cantamos más de cuatro veces—, eso hace que la verdad penetre en lo más hondo del ser.
La música tiene que fluir de adentro. El canto es necesario, porque es prácticamente el único medio por el cual toda la congregación puede unirse en fe, a fin de expresar en armonía su amor y alabanza. Los otros no participan cuando uno ora, pero, cuando se canta, todos entramos. Esto está muy bien. Además, hay otra cosa, al cantarse un coro muchas veces, a la tercera vez, ya conocemos la letra de memoria y no tenemos por qué estar con el himnario en la mano. Ya permitimos que de adentro surja una expresión espontánea. Hay que dar tiempo suficiente al canto, hermanos; no nos apresuremos.
Cuarto, la selección de los cantos debe hacerse permitiendo el uso de himnos y coros que lleven a la congregación a brindar culto a Dios. No elija un coro favorito. Hace tiempo cambié la costumbre de dar a elegir el coro de preferencia a cualquiera. ¡No! Más bien, procuremos seguir el hilo. Un coro, un himno, otro coro; desarrollando siempre un tema, con un solo fin: dar culto a Dios. ¡Es tremendo! Uno después se olvida de su coro favorito, porque está dando culto a Dios. ¡Amén!
Una cosa más: ¡cómo quisiera que también aprendiéramos esto! Seguir al que dirige nos hará mucho bien; no establezca usted su propia corriente por allí, como un culto aparte. Cuando uno dirige, los demás harán bien en seguir. Entrar en esa corriente del Espíritu debe ser su único afán. Cuando el que preside dice: «Hermanos, ahora expresémonos todos a Dios»; no se le ocurra guardar silencio. ¡Eleve también la voz al canto! Si hay que estar en silencio, ¡usted no debe levantar su voz! Recuerde que no tiene derechos propios. Así, de esa manera, aprenderemos a hacer sinfonía. En la orquesta, ¿cuántos hay que dirigen? Uno. En la iglesia ¿cuántos hay que dirigen? Uno. Quizá en una reunión sea un hermano y en otra, otro; pero, para esto, que sea el que tenga gracia. No conviene que se determine por turno o jerarquía. Luego, entren en el río que fluye, y hallarán algo muy hermoso. En la reunión siga eso, hasta que sea la base para todo. Hasta que el reino de Dios se establezca por encima de todas las cosas, y el culto sea la base para la predicación, la oración, el canto, el ministerio, el amor; de modo que todo fluya de una sola fuente: la autoridad, el derecho del Señor. Al darles sus derechos en la adoración, irá obrando en las demás esferas de la vida hasta recuperar todo; porque cuando adoramos, a él entregamos las riendas.
Hermanos, Dios está obrando en nuestros días para recuperar sus derechos, su gloria entre los hombres. ¡El celo del Señor hará esto! Dediquémonos con todo el ser a colaborar con el Espíritu Santo en la restauración del culto a Dios.